jueves, 7 de abril de 2011

AMOR A LOS 14. CAPÍTULO 4

¡Fin del castigo! Menos mal. Han sido cinco días en los que mis padres no me han dejado salir de casa. También me han prohibido el ordenador, el móvil y ver la televisión a partir de las nueve de la noche. Además, estoy advertida. Si me vuelven a pillar liándome con algún chico en horario de clase me cambian de instituto. Interna. Creo que no lo harían, pero les he prometido que me portaré bien y que lo de Pablo fue un enorme error del que estoy arrepentida. Si es que... ¡Ya me vale! Lo peor no ha sido el estar encerrada en mi habitación sino todas las charlas que me han dado. En el desayuno, en la comida, en la cena... He tenido que escuchar un montón de sermones sobre los chicos, el sexo y las relaciones entre las personas. Aunque lo asumo: la culpa es mía por dejarme llevar y hacer algo que no tenía que haber hecho. Al menos, no en ese momento.
En este tiempo, los besos con mi ex han sido el tema de conversación preferido por todos. Que un profesor te coja dándote el lote en el patio en lugar de estar en su clase es lo suficientemente morboso para que los rumores en el instituto se disparen. En los pasillos he notado miradas y cuchicheos. ¡Qué vergüenza! Encima con lo roja que me pongo.
La que mejor se lo está pasando con este asunto es Alicia. Al ser mi mejor amiga se ha apropiado de los derechos de la exclusiva. Y como a algunos les da corte preguntarme directamente a mí, acuden a ella para que les explique lo que pasó. ¡Cómo le gusta ser el centro de atención! Disfruta muchísimo. Ella siempre ha sido así, desde niña. Quiere ser actriz o presentadora de televisión, una profesión en la que la conozca mucha gente y se sienta admirada. Es muy extrovertida y le encanta que todos estén pendientes de ella. Aunque a veces, no lo consiga de la mejor manera. Recuerdo una vez, cuando éramos pequeñas, que teníamos que representar una función de teatro en la fiesta de final de curso en el colegio: Caperucita roja. Las dos queríamos hacer el papel principal. Tuve suerte y me tocó a mí. Sin embargo, fue tal el berrinche que se llevó que al final cambiamos los papeles para que no llorara más. Alicia hizo de Caperucita y yo de árbol. Me dio las gracias y me dijo que cuando fuera una actriz famosa me regalaría lo que yo quisiese. Esperaré sentada.
El que no se ha tomado tan bien todo esto ha sido Adrián. Ha estado muy serio y un poquito distante conmigo. No hemos hablado mucho desde aquel día en el que sucedió todo. Ni siquiera ha podido aclararme a qué se refería cuando me dijo que yo le recordaba a su antigua novia. Lo cierto, es que no hemos estado a solas ni un solo segundo. Como he permanecido incomunicada en casa y en el recreo me he quedado castigada esta semana, apenas hemos coincidido. Además, ya no me espera para regresar juntos después de clase. Creo que lo de Pablo le ha sentado fatal. ¿O no? Este chico me desconcierta. No sé si le gusto de verdad o no. Y lo que es más preocupante: no sé si me gusta tanto a mí. Sigo hecha un lío.
Anoche tuve un sueño en el que aparecía él. Estaba sentado en un columpio y se balanceaba lentamente. Yo le observaba desde lejos y sonreía. Me apetecía sentarme en el columpio que estaba libre y charlar un rato con él. Sin embargo, mientras caminaba hacia allí, alguien se me adelantó y se colocó a su lado. Era una chica que se parecía mucho a mí. Casi podría decir que era yo misma aunque no lo sentía así. Los dos empezaron a hablar y a reírse mientras se columpiaban. Se notaba una gran complicidad entre ellos, como si se conocieran de siempre. Fue muy raro y debo reconocer que me puse triste. ¿Es eso normal? Yo que sé. Estoy muy perdida en mis sentimientos.
Mi situación me recuerda a esa canción de Robin que empieza: “tengo dos amores a la vez...”. Aunque yo no sé siquiera si tengo uno.
Lo de Pablo fue algo... ¿extraño? Pero a la vez, ¡increíble! He pensado mucho en él desde que nos liamos en el instituto. También es que me he pasado horas y horas aburrida sola en mi habitación sin nada que hacer. Quien sabe si lo nuestro puede volver a surgir o es una historia que ha finalizado del todo. ¿Ha cambiado de verdad? Esa es mi gran duda. Conmigo el día que nos liamos, fue dulce, apasionado, atento. Pero sigue saliendo con los mismos chicos que antes. Los malotes del instituto. Y tontea demasiado con las chicas de clase. O eso es lo que a mí me parece. Que rabia cuando les pone esa sonrisita tan suya. Uff. ¿Qué pretende?
Si le doy una oportunidad quizá me lleve un chasco. No sé.
Hoy, ha pasado una cosa que me hace dudar de él todavía más. Era media mañana, después del recreo. El mismo profesor que nos pilló besándonos en el patio estaba explicando algo en la pizarra. Yo escuchaba medio dormida, con el codo apoyado en la barbilla, dibujando estrellitas y circulitos en mi cuaderno. Y de repente, algo me sobresaltó. “¡Ay!”. Alguien me había lanzado una bolita de papel que me dio en toda la cabeza y había caído al suelo. Miré a un lado y a otro hasta que descubrí que Pablo me observaba y se ponía un dedo en la boca pidiéndome silencio. Luego, me guiñó un ojo. Con sorpresa, me agaché y recogí el papel con sigilo. Desplegué la hojita y leí lo que me había escrito: “Nadie besa mejor que tú. Quiero repetir. Entre clase y clase en el baño de chicas. ¿Te apetece?”. ¡Me entró un escalofrío tremendo!
¿Quería yo repetir? ¿Me apetecía?
Sabía la respuesta. Se me puso la piel de gallina al recordar sus labios suaves en los míos y sus manos rozándome la espalda. Sin embargo, no quería, ni podía arriesgarme. Si me volvían a cazar besándole en el instituto o en alguna otra parte, podía ir preparándome para una buena. Más rumores, más castigos y... ¡más charlas de mis padres! Así que arranqué una página de mi cuaderno y le respondí: “No es el momento. Tal vez otro día”. Hice una pelotita con la hoja y cuando el profesor no miraba se la lancé. Pablo la agarró con la mano, al vuelo, y la leyó. Pensé que pondría cara de fastidio pero me equivoqué. Sonrió y le comentó algo en voz baja al chico que se sienta a su lado que soltó una carcajada. Eso no me gustó nada. ¿Qué le había contado? ¿Tenía que ver conmigo? Inmediatamente, cogió un bolígrafo azul, un papel y se puso a escribir en él. Esperaba que terminase para recibir una respuesta. Lo miraba de reojo, pero Pablo pasaba de mí. Seguía centrado en el papel y en lo que estaba escribiendo. ¡Cuánto tardaba! ¿Qué escribía? ¿El Quijote? Finalmente, acabó, hizo un repaso de lo que había apuntado en la hoja y la arrugó hasta hacer una bola muy pequeña. ¡Por fin! Estaba nerviosa por saber que había escrito. Me di la vuelta, ya sin tener en cuenta al profesor, y lo miré. En cambio, él no me miró a mí. Apuntó en otra dirección y le lanzó la bola de papel a ¡Susana! La tía más buena de la clase. Me quedé helada.
La chica leyó la notita, sonrió y le respondió con otro mensaje en forma de bolita de papel.
A cuadros.
Mis sensaciones durante el resto de la mañana fueron contradictorias. Por un lado, me repetía a mí misma que había sido una estúpida por creer que le volvía a gustar a Pablo. Se había liado conmigo como podría haberse liado con cualquiera. ¡Tenía que olvidarme de él ya! Pero por otro, me decía que no debía juzgarle sin saber lo que ponía en aquel papel. ¿Debía averiguarlo o no era asunto mío?
Me estaba volviendo loca.
La penúltima clase fue insufrible y la última se hizo eterna. Entonces, mientras recogía, inesperadamente, Pablo se acercó hasta mí. No venía acompañado y parecía muy alegre. Alicia, con una sonrisa pícara, me dijo que me esperaba fuera. Adrián se había marchado ya también, en silencio, sin despedirse. No quedaba nadie más. Solos, él y yo. Como aquel día en el patio. Como antes cuando salíamos y nos divertíamos juntos. De nuevo, un escalofrío. ¿Qué quería?
Estaba nerviosa. Se sentó encima de mi mesa y me pidió que me sentara un momento con él. No sé por qué, pero le hice caso. No habíamos hablado casi nada desde que nos liamos. Escuchaba como mi corazón latía deprisa. ¡Me iba a dar algo! Y entonces habló sonriente. Me contó que lo de aquel día fue muy especial para él y que le apetecía repetirlo conmigo si a mí también me apetecía. Que hasta se estaba planteando pedirme volver a salir. Pero que si yo no estaba segura o no quería que me comprendía y me respetaba. Le oía embobada. Tanto que no me di cuenta de que cada vez estaba más cerca y de que sus labios tenían intención de contactar de nuevo con los míos. ¡Otra vez!
Pero en esta ocasión no hubo beso.
Como quien se despierta de un sueño profundo, di un brinco al ver a alguien en el umbral de la puerta de la clase. Adrián había regresado. “Se me había olvidado el abrigo”, comentó muy serio y se marchó de nuevo.
Instintivamente, me puse de pie. Pablo también se levantó, pero no le dejé hablar más. Le di un beso en la mejilla y me fui a casa sola.
Sí, el castigo ha terminado, pero mis dudas, mis preguntas y mis indecisiones continúan muy presentes.

CONTINUARÁ... EL LUNES

lunes, 4 de abril de 2011

AMOR A LOS 14. CAPÍTULO 3

La vida es una aventura llena de sorpresas y de experiencias que poco a poco van modelando tu forma de ser. A mis catorce años, estoy viviendo una etapa en la que cada día me doy cuenta de que todo es posible y que cualquier cosa puede pasar.
Han terminado las fiestas navideñas. No han estado mal del todo. Muchas reuniones familiares, comida abundante y algún que otro regalito. También demasiado tiempo libre que me ha servido para pensar, aunque por lo visto, no se me da muy bien. Porque he hecho justo lo contrario a lo que había decidido.
Planes navideños: no meterme en más líos, pasar de los chicos y arreglarlo con Alicia. Mi amiga no me llamó estos días. Ni un comentario en el Tuenti, ni en el Facebook, ni nada de nada. Así que cuando las clases han empezado otra vez, seguía enfadada conmigo. Y no me sentía nada bien por ello. Sin embargo, ayer nos encontramos en el cuarto de baño del instituto. Fue por casualidad. Nos mirábamos de reojo la una a la otra a través del espejo, indecisas, serias, hasta que ella sonrió. Luego sonreí yo y por arte de magia terminamos abrazadas y derramando alguna que otra lagrimilla. Nos pedimos perdón y salimos juntas al patio. Hablamos hasta que sonó de nuevo la campana y me contó algo increíble. ¡Qué ganas tenía de soltarlo! En las Navidades se había liado con... ¡Adrián! Bueno, eso fue lo que dijo al principio. Luego se quedó en un beso y finalmente, en un piquito. Pero ella estaba muy contenta.
El día antes de Reyes, mi amiga fue de compras con su madre a buscar los regalos de última hora. Y resulta que se lo encontró en un centro comercial. No estaba con nadie. Al menos, en ese momento. Se puso muy nerviosa y fue corriendo a saludarle. El chico parece que también se alegró de verla y estuvieron un rato a solas. Los dos pasearon por los callejones de la sección de juguetes mientras la madre de Alicia decidía que comprarle a sus sobrinos. Hablaron de varias cosas, sin demasiada importancia. Ella estaba encantada y mientras me lo contaba se le iluminaban los ojos. Entonces, cuando se despidieron a la hora de darse dos besos, Alicia se atrevió a acercar los labios a los suyos. Tanto que terminó dándole un pico. ¡Increíble! ¿No?
Tengo que ser sincera. Cuando Ali me habló de su encuentro con Adrián sentí un cosquilleo por dentro bastante incómodo. Y sí, me puse un poquito de mal humor. Solo un poquito. Pero bueno, si mi amiga y el chico nuevo estaban juntos, y comenzaban a salir, genial. Era como debía de ser. Todo en su sitio. A ella le gustaba muchísimo y a él... ¿qué pensaría de aquel beso... mini beso?
Hoy lo he averiguado.
En el patio, Alicia no ha estado con nosotros. Tenía que acabar un examen de recuperación. Así que Adrián y yo nos hemos sentado solos al sol, que lucía por fin después de unos días en los que no ha parado de llover y de nevar. Cuando lo miraba apenas escuchaba lo que me decía. No me podía quitar de la cabeza el beso que le había robado mi amiga. ¡Y me daba un poco de rabia! ¿Por qué? Durante las vacaciones de Navidad he llegado a la conclusión de que Adrián tal vez me guste un poquito. ¡Casi nada! Pero también he descubierto que Pablo, mi ex, seguía despertando algo en mí. Así que lo mejor era pasar de los dos.
Sin embargo, fue oír lo del beso y... En fin. Tenía mucha curiosidad por saber qué pensaba él sobre el asunto. Por lo que directamente se lo he preguntado. ¿Qué no tenía derecho? Posiblemente, no. Pero me ha salido de esa manera. No me he podido aguantar. Además, los dos son mis amigos. Quería tener las cosas claras y averiguar lo que realmente hay entre ellos.
Su respuesta ha sido contundente. “Ese beso no significó nada. A Alicia solo la quiero como a una amiga”. He asentido con la cabeza y luego, un largo silencio. Pensaba que quizá no era del todo sincero. O que tal vez es de esos chicos a los que no les gusta hablar de su vida personal. Pero he sentido un gran alivio por dentro. Como cuando te dicen la nota de un examen aprobado del que no estabas segura si lo habías suspendido. Sin embargo, las confesiones de Adrián no habían terminado.
¿Cómo puede tener unos ojos tan bonitos? Con el sol iluminándole eran aún más encantadores. Embobada prestaba atención a lo que me tenía que decir.
Estaba inquieto. Y no me miraba directamente cuando hablaba. Hasta que después de darle muchas vueltas, se centró en mis ojos y a pesar de que le daba un poco de vergüenza, reconoció que... me parecía mucho a su ex. “Dos gotas de agua”. Se me puso una cara de tonta. Mis mejillas sonrosadas ardían como nunca. Pero, ¿qué pretendía decir exactamente con eso? ¿Qué me quería?
Me quedé con las ganas de saberlo porque en esos momentos llegó Alicia tarareando una canción de Maldita Nerea y se sentó con nosotros. ¡Qué mala pata, en el momento más interesante de la conversación! El chico se quedó callado y dejó que ella explicara como le había salido el examen de recuperación. Lo miraba, pero él no me miraba a mí. ¡Me moría por saber más cosas! Simplemente, a Adrián, antes de que apareciera Alicia, solo le dio tiempo a pronunciar el nombre de su antigua novia: Leire.
Los tres volvimos a clase unos minutos después cuando sonó el timbre. Tocaba matemáticas. Imposible concentrarse en números y letras mezclados entre sí. Yo solo tenía en la mente lo que mi amigo me había confesado. ¿Le gustaba? ¿Me había comparado con su ex novia por amor o porque le caía bien? ¿Era aquella “L” del corazoncito de su cuaderno que descubrí antes de vacaciones por Leire o por mí?
¡Qué dolor de cabeza! Literalmente. Me iba a estallar. Hasta tal punto que comencé a marearme muchísimo. Veía mal y me empecé a tambalear en mi asiento. No lo soportaba más. Levanté la mano y le pedí al profesor de mates que si podía salir un momento que no me encontraba bien. El hombre accedió no de muy buena gana y enseguida, Adrián también se puso de pie para acompañarme. Pero esta vez, alguien se le anticipó. Pablo me cogió de la mano y pidió permiso para ir conmigo. El profe le dejó y juntos abandonamos la clase.
Pensaba que mi ex me llevaría hasta la enfermería del instituto, pero no fue así. Andamos hasta un banquito del patio y nos sentamos allí. Según él, el aire frío en la cara es mejor que una medicina y que eso era lo que yo necesitaba. No tenía ganas de discutir así que le hice caso.
Con Pablo las cosas estaban en punto muerto. Me besó el último día de clase y ya casi no supe más de él en todas las Navidades. Solo hablamos un día por el MSN y fue para desearnos felices fiestas y un próspero año nuevo. Lo típico. Apenas dos minutos de su tiempo.
De repente, me puso una mano en la rodilla. Lo miré extrañada y él sonrió. Me recordó muchísimo a cuando estábamos juntos. Se había convertido por unos segundos en ese chico encantador del que me enamoré. No se conformó con acariciarme la pierna. Sin esperarlo, se inclinó sobre mi, apartó mi flequillo y me dio un beso en la frente. Un escalofrío. Y después me estrechó entre sus brazos, acomodando mi cabeza contra su pecho. Otro escalofrío. Era desconcertante su actitud. Éste no se parecía al tipo insoportable y presuntuoso de los últimos tiempos. ¿Qué estaba pasando?
Pablo no tenía intención de pararse ahí. Buscó mi rostro y puso el suyo a la misma altura. Nuestras bocas se acercaron mucho. Casi sentía su aliento. Pero aquello no era lo que yo quería. Me las apañé para salir de su abrazo y lo miré a los ojos. Seguía sonriendo, dulce, tierno. Seductor. Tragué saliva. Lo estaba consiguiendo. Pero no me iba a dejar atrapar así como así. Me levanté y le rogué que volviéramos a clase, que ya me encontraba mucho mejor.
Fracasé en mi propuesta. Con un movimiento ágil, me agarró por las caderas y me impulsó hacia él. En un instante me encontré sentada en sus rodillas a pocos centímetros de su cara. Me miraba intensamente. Yo respiraba con dificultad. Agitada, nerviosa. No quería... sí quería. Nada que hacer. Pablo me había atrapado con sus encantos. Sus labios húmedos y suaves contactaron con los míos. Y luego su lengua acarició la mía. Sentí una de sus manos en mi pelo y la otra en la espalda. Nos besamos una y otra vez. Al principio, fue bonito. Luego, apasionado. El airecillo frío me golpeaba travieso las mejillas que estaban hirviendo. Ya no me dolía la cabeza, ni pensaba en Adrián. Ni tan siquiera tuve en cuenta que estábamos en el instituto. Solo sentía su boca. Y sus manos en mi espalda.
Nunca, ni cuando éramos novios, me había hecho sentir tan especial.
Por unos minutos me olvidé del mundo. Pero el mundo no se había olvidado de mí. El profesor de matemáticas, alarmado por nuestra prolongada ausencia, salió a buscarnos. Y nos pilló en pleno beso.
No tengo capacidad, ni memoria suficiente, para recordar todos los castigos que me han puesto en el instituto y en mi casa.
¿Mereció la pena?
No lo sé. Estoy hecha un lío. ¿Quiero a Pablo? ¿Me gusta Adrián? ¿Los dos? ¿Ninguno?
Menos mal que iba a pasar de los chicos.

CONTINUARÁ... PRÓXIMO CAPÍTULO EL JUEVES :)

viernes, 1 de abril de 2011

AMOR A LOS 14. CAPÍTULO 2.

Amor a los 14. Capítulo 2

Si es que lo que no me pase a mí. ¡Menudo día que llevo! Una cosa ha ido llegando detrás de otra. ¡Y todo sin salir del instituto! Ahora mismo estoy hecha un lío. Y lo que es peor, no sé qué hacer ni como actuar. Algunas veces alguien debería decidir por ti. Pero acertando con la solución, claro, y consiguiendo que nadie se enfade. Y si alguien se enfada, por lo menos habrá a quien echarle la culpa. ¿No?
Y eso que la mañana empezó muy bien. Hoy era el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Y además, me han dado el resultado del examen que me faltaba por saber: Un seis y medio en mates. Lo que significa que... ¡He aprobado todo! El primer trimestre lo he sacado limpio. Vale, mis notas podrían haber sido un poquito más altas. Mucho seis, mucho siete, un ocho y un aprobado raspado en inglés. No se me dan muy bien los idiomas, a pesar de que en la playa me confunden con una guiri por mi cara sonrosada cuando me da un poco el sol. ¡No soy extranjera! De todas maneras no me puedo quejar. En el segundo trimestre estudiaré más, será mi propósito de año nuevo. O uno de ellos. Porque otro, más importante, será arreglar las cosas con Alicia. Y es que mi mejor amiga se ha enfadado muchísimo conmigo.
Es la primera vez que nos ocurre algo así. Hasta ahora, habíamos tenido riñas, pequeñas broncas. Lo típico de dos amigas que se conocen desde hace mucho tiempo. Pero nunca me había gritado como hoy. Y eso que yo pienso que no tengo la culpa de lo que ha pasado.
Alicia lleva dos semanas en una nube. Más despistada de lo normal. El motivo: Adrián. Sí, el chico nuevo le gusta de verdad. O eso es lo que dice. Insiste en que es el “hombre” de su vida y que jamás había sentido algo así por alguien. Incluso, se ha cambiado de sitio en clase para estar más cerca de él. En cada recreo y cuando nos quedamos a solas no para de hablar de su “futuro novio”. Se hace un poco pesado oírle todo el rato lo mismo. Que si es guapísimo, que si mira que ojos tiene, que si le encanta su forma de ser... Lo que otras veces, pero multiplicado por cien. Pero es mi mejor amiga y no me queda otra.
Anoche, me llamó por teléfono a las once para contarme que mañana sería el día, el de la declaración, y que si se me ocurría alguna forma original para pedirle salir. A ella le falta un poco de imaginación, siempre es muy directa. Pero con Adrián quería hacerlo distinto, porque él es especial. Le dije que no podía ayudarla, porque tenía sueño y no me apetecía nada ponerme a pensar. Es su chico, no el mío. Sin embargo, Alicia me estuvo dando la lata hasta que me convenció. Lo planeamos todo detenidamente. Y aunque mandarle una carta anónima no es lo más original del mundo, decidimos que era lo mejor. Ella iba anotando lo que yo le iba diciendo. No escribía una carta de amor desde la primera semana en la que estaba con Pablo. Se me removió bastante el estómago recordándolo. Y me entró algo de pena por no tener a nadie a quien dedicarle palabras bonitas y con sentimiento. Es lo malo de estar sola, que te pierdes las cosas buenas de estar enamorada y ser correspondida.
En media hora habíamos terminado. Y elaboramos un plan. Al día siguiente, mientras ella distraía a Adrián en el recreo yo colocaría la carta dentro de uno de sus cuadernos. Sin decir quien era, Alicia le confesaba sus sentimientos y le citaba para después del instituto en la puerta trasera del edificio. Hasta ahí, perfecto. Romántico, emocionante y con su parte de suspense. Pero sucedió algo inesperado.
Como habíamos previsto, Alicia se llevó de clase a Adrián al patio y yo sigilosamente me acerqué hasta su mesa. Tenía el cuaderno de Lengua encima de ella. Lo abrí para dejar dentro la carta y... me encontré con una gran sorpresa. En la última página había algo dibujado. Un dibujo que, además, se repetía unas veinte veces. Me quedé casi sin respiración cuando vi un montón de corazones atravesados por flechas pintadas con boli azul. En cada lado había una letra escrita en mayúscula: una “A” izquierda y una... “L” a la derecha. ¡Adrián y... ¿Laura?! No, ¡eso no era posible!
Me estaba empezando a poner muy nerviosa. Repasé mentalmente los nombres de las chicas de la clase y me di cuenta de que solo dos teníamos como inicial la letra “L” en nuestro nombre. Y Lorena apenas habla con este chico. Es más, no pegan ni con pegamento extra fuerte. ¿Podía estar pillado de ella o era yo su supuesta amada?
Intenté tranquilizarme. Respiré varias veces profundamente y analicé una vez más la situación. Tal vez, la que le gustaba a Adrián no era de nuestra clase. O a lo mejor era una ex novia o alguna chica de la ciudad en la que vivió anteriormente. Sin embargo, nunca nos había hablado de parejas del pasado. ¡Qué extraño era todo aquello! Como un sueño de esos raros.
Entonces, desperté de repente cuando escuché la voz de Alicia. ¡La carta! La había olvidado por completo. Y también a ella y lo que tenía que hacer durante el recreo. Me dijo que Adrián había ido al baño y que si me había pasado algo, que no había ido con ellos en el recreo. Pero sin que me diera tiempo a contestarle, vio la carta en mi mano y luego el cuaderno. Aunque intenté taparlo con mi brazo fui inútil. Alicia descubrió la última página llena de corazones atravesados con flechas azules con la inicial del nombre de su queridísimo amor a un lado y la letra “L” en el otro. Abrió mucho los ojos y me miró con rabia. No se lo podía creer. Yo no sabía qué decir, ni como reaccionar. Hasta que de su boca salió un grito. Me llamó “robanovios” y un insulto bastante desagradable. Intenté explicárselo, pero no me dejaba hablar. Alicia continuó chillándome durante unos segundos y en un momento todo se volvió muy confuso. Mis compañeros comenzaron a entrar en el aula y a amontonarse a nuestro alrededor. Pero ella seguía soltando toda clase de acusaciones y yo no respondía. ¡No me dejaba! Me acusaba de acaparadora, de que siempre tenía que estar por encima y de que con todos los tíos que había en el mundo me tenía que fijar en el que le gustaba a ella. ¿Cómo decirle que yo no tenía nada que ver con aquello? Los gritos se terminaron cuando Adrián entró en clase. Alicia lo miró fijamente, como si el tiempo se hubiese detenido durante un segundo. Y salió corriendo con lágrimas en los ojos.
Me dio mucha lástima.
Quizás debí de correr tras ella e intentar alcanzarla para calmarla. Pero no lo hice. Adrián tampoco fue. No se dio cuenta de lo de la carta, ni de que habíamos visto lo que había dibujado en su cuaderno. Menos mal que me dio tiempo a cerrarlo, si no ¡qué vergüenza! El chico me observó, se encogió de hombros y se sentó en su silla. El profesor había llegado y la clase de plástica comenzaba.
Alicia no apareció en toda la hora. Ni tampoco en la siguiente.
Me sentía mal. Era imposible pensar en otra cosa que no fuera aquello que había sucedido. Por una parte, mi amiga se sentía engañada por mí, como si yo hubiese hecho algo para enamorar al chico que precisamente le gustaba a ella. Y por otra parte, me preguntaba si realmente esa “L” mayúscula hacía referencia a mi nombre. Si era así... ¡Madre mía! ¡Adrián me quería!
Así que el problema era doble.
De reojo miraba al chico nuevo. ¿Sentía yo algo por él? No. Pienso que no. Aunque es muy mono y simpático. Poco a poco había ido cogiendo confianza, y aunque no se había soltado del todo, hablaba más y tenía un sentido del humor muy peculiar que me gustaba. Todos los días me acompañaba a casa e incluso algunas veces por la mañana temprano coincidíamos en el camino al instituto. No nos decíamos mucho, pero era agradable su compañía. Es de estas personas que hablan lo justo. No dicen más de lo adecuado y prestan atención a todo lo que le cuentas.
En una de mis miradas, los ojos de Adrián coincidieron con los míos y me entró un escalofrío que me recorrió de arriba abajo. Los dos, al mismo tiempo, avergonzados, agachamos la cabeza y miramos nuestros cuadernos. Él, el de lengua, en el que tenía dibujados los corazones.
¿Y si siento algo por él?
Realmente, si eso fuera así, las cosas se complicarían muchísimo. Y no solo por Alicia.
Como dije al comienzo, todo se me ha acumulado y estoy muy liada.
Cuando estaba recogiendo mis cosas para irme a casa, se me ha acercado Pablo. Venía a despedirse porque se va a pasar las vacaciones de Navidad a la nieve con su familia. Me ha dado dos besos en la mejilla. Pero antes de apartar su cara de la mía, no sé si por un impulso, o por una apuesta o por quien sabe qué... me ha besado en los labios. Ha sido un beso cortito, suave, como el primero que nos dimos en el fotomatón. Pero me ha despertado una cantidad de emociones inexplicables. Pero es que inmediatamente después me ha susurrado en el oído: “me sigues gustando”. Y me ha dado otro beso en la frente. Inmóvil, he visto como me guiñaba un ojo y sin más salía de clase acompañado por uno de sus amigos repetidores.
¿Por qué me pasan estas cosas a mí? ¡No es justo!

CONTINUARÁ... EL LUNES

miércoles, 30 de marzo de 2011

AMOR A LOS 14. CAPÍTULO 1

Nota: Gracias a la Revista Superpop por su permiso para dejarme subir a mi blog "Amor a los 14", el relato que estoy escribiendo para ellos. Tiene 10 partes. Este es el capítulo 1. Espero que os guste!!

Amor a los 14. Capítulo 1

Hace frío. Muchísimo frío. Me he quitado los guantes y sigo teniendo las manos heladas. Rojitas. Como mi cara que también está roja. Y no me gusta. Es lo malo de ser tan blanca y de tener la piel tan sensible, que cuando hace frío me pongo colorada y cuando hace calor, también. Es un verdadero rollo. Pero aunque me fastidie y se metan conmigo llamándome melocotón, tomatita o cosas por el estilo, a mis catorce años, empiezo a estar acostumbrada. Resignada, más bien. ¡Abuela porque tuviste que ser sueca! Por lo menos tengo los ojos azules y eso me encanta. Algo bueno tenía que tener ser nieta de una nórdica.
¿Nieva? No, parece que ahora no nieva. Aunque el suelo de la calle sí que continúa cubierto de escarcha. Camino de casa, delante de mí iba una señora teñida de rubio que ha patinado y casi se mata. Menos mal que yo he llegado sana y salva. Si me hubiese caído de culo, habría pasado una vergüenza enorme. Porque a diferencia de otros días, no he venido hasta mi casa sola. Me ha acompañado Adrián.
¿Quién es Adrián? Uno nuevo. Sí, es muy extraño que a estas alturas de curso entre un chico nuevo en el instituto. Estamos casi terminando el primer trimestres y no es habitual. Pero por lo visto su padre tiene una profesión de esas en la que lo cambian constantemente de ciudad. Pues da la casualidad de que se han mudado a vivir a la casa que está al lado de la mía. Una muy grande que llevaba unos meses sin habitar. Pero es que encima, Adrián va a mi clase y se ha sentado justo en la mesa de adelante. ¡Cuántas coincidencias!
Todavía no me ha dado tiempo a conocerle mucho, pero la primera impresión que tengo es que es un tipo bastante raro. Alicia, por el contrario, dice que es muy guapo y muy interesante. Y misterioso. Que posee cierto aire a Edward Cullen. Como le gustan los vampiros a esta chica. Ha sido verlo y ya se ha pillado por él. Ella es muy enamoradiza, aunque se cansa pronto de los chicos. A éste, nada más verlo, dijo que era para ella. Y me advirtió, además, pero en tono de broma: “Laura, es mío. ¿Okey?”. Yo me encogí de hombros y le dije que sí, sin problemas. A mí no me atrae. Físicamente, no está mal. Es alto, tiene los ojos grandes y verdes, y un pelo bonito. Y viste bastante bien. Pero parece muy tímido y apenas habla. Cuando mi amiga le ha dicho que era mi vecino y que podíamos volver caminando los tres juntos, se ha puesto casi tan rojo como yo. Parecíamos el dos de corazones. Aunque luego ha sonreído y ha aceptado. ¡Qué dientes más blancos y perfectos! A Alicia le han hecho los ojos chiribitas. Esta chica no cambiará nunca. Tío guapo que ve, tío guapo del que se enamora. Eso, desde los cinco años que fue cuando nos conocimos.
Todo comenzó con Miguel Pacheco, el niño guapetón de la clase. Pelo rubio, ensortijado y ojos azulísimos. Iba todo el día detrás de él. ¿Qué no es posible enamorarse con cinco años? Pues para ella fue posible. Tanto, que las primeras palabras que Alicia me dijo en su vida fueron “quita niña tonta, este es mi novio”. Y todo porque Miguel se sentó a mi lado y me pidió la plastilina. Imposible de creer, pero sucedió. Siempre se lo recuerdo cuando hablamos de chicos y ella lo niega, aunque luego termina reconociendo que es una gran celosa. Pero una celosa sin mala intención, no como otras. Alicia se cuela por alguien y pone sus cinco sentidos en él, hasta que se aburre y lo deja. Es todo lo contrario a mí. Yo necesito tiempo, hacer las cosas más despacio y que no solo me entre por los ojos.
Pero si a Alicia le ha caído bien el chico nuevo, todo lo contrario le ha pasado a Pablo. Desde el primer momento ha estado fastidiándole con sus amigos. Incluso en el recreo le ha dado un balonazo tremendo a propósito. Me ha dolido hasta a mí. Sin embargo, Adrián apenas se ha inmutado. Ha sonreído, ha dado un par de toques y les ha devuelto la pelota. Yo no me he podido callar y he ido hasta Pablo para preguntarle de qué iba, que esa no era manera de tratar a un recién llegado. Desde que rompimos está inaguantable. No le reconozco. Él se ha disculpado diciendo que había sido sin querer y que el chico se había puesto en medio de la jugada. Mentira. Yo sé que lo ha hecho queriendo, pero tampoco me apetecía discutir más con él. Lo pasé muy mal cuando lo dejamos y tampoco era plan recordar ciertas cosas.
Si el primer amor es increíble, el primer desamor es lo peor que te puede pasar. ¡Cómo duele! Tengo grabadas en mi cabeza todas las palabras que pronunció el día que acabamos con lo nuestro. No se me borran de la mente las frases que utilizó para decirme que no quería seguir conmigo. Ni las lágrimas que solté cuando se marchó de mi habitación. Fue terrible y muy duro. Se te crea una especie de presión en el pecho insoportable y estás todo el tiempo como en una nube y con muchísimas ganas de llorar. Me llevé tres días sin comer y escuchando música a todas horas. Canciones tristes y melancólicas. Ahora, cada vez que las escucho se me ponen los ojos rojos y me invade una angustia por dentro difícil de aguantar.
Hacía casi cinco meses que salíamos juntos y que nos dimos nuestro primer beso. Fue precioso. Lo mejor que me había ocurrido en la vida. Salíamos en el mismo grupo, pero ese día solo estábamos él y yo. Aburridos. Me dijo que si quería ir al cine. Como amigos, claro. Solo éramos eso, aunque a mí me gustaba desde hacía tiempo. Nunca me había decidido a decirle nada. Vimos “Avatar”, aunque yo apenas presté atención a la pantalla. ¡Estaba tan nerviosa! Me temblaba todo el cuerpo. Y de vez en cuando lo miraba para comprobar que hacía él. Cuando nuestras miradas coincidían sonreíamos y yo me quería morir. Tenía muchas ganas de darle un beso. Mi primer beso. Pero no sabía si era el momento adecuado. Así que la película terminó y no hicimos nada. Sonrisas, miradas y poco más. Luego fuimos a comer una hamburguesa. Casi no hablamos. Yo no podía apartar mis ojos de los suyos y de sus labios. ¡Me apetecía tanto besarle! Pero nada, tampoco me atreví a dar el paso en la hamburguesería. Ya daba por hecho de que me iría a dormir sin haber probado su boca. Sin embargo, el destino jugó a mi favor.
Eran casi las diez de la noche, la hora a la que mis padres me habían dicho que tenía que estar en casa. Pablo me acompañaba. Y de repente, comenzó a llover muy fuerte. Cada vez con más intensidad. Corrimos por la calle como dos locos. Hasta que él me cogió de la mano y me guió hasta un fotomatón. Allí estaríamos a cubierto hasta que escampara. Era un sitio muy estrecho, así que casi sin querer, jadeante, me senté sobre sus piernas en el taburete. Y entonces, ocurrió. Me miró intensamente. Como nunca me había mirado hasta entonces un chico. Suspiré. Estaba atacada de los nervios. ¿Iba a hacerlo? Sí. Se lanzó. Cerró los ojos y acercó su cara hasta la mía. Yo también cerré los ojos y como si fuera la escena final de una película romántica, me dio un beso. Suave. Casi tanto, que apenas noté sus labios. Fue mágico. Eso es todo lo que puedo decir de mi primer beso. A continuación, le abracé y nos quedamos cinco minutos juntos, sin movernos. Dejó de llover, salimos del fotomatón y caminamos de la mano hasta mi casa. Mi padre que vigilaba desde la ventana me echó la bronca cuando me vio besarle de nuevo al despedirse. Castigada dos semanas. Pero fue un castigo dulce. Y que no cumplí, ya que al día siguiente me perdonó.
Aunque ahora esté con una sonrisa, es amarga. Prefiero no pensar más en lo mío con Pablo. Vuelvo a estar sin nadie y como suelen decir, mejor sola que mal acompañada. ¿No? Además, ha cambiado mucho. Ya no es ese chico amable y cariñoso de hace unos meses. Se ha hecho amigo de los repetidores y desde entonces va de malote y se ha liado con varias. Pues por mí que se quede con todas. Ya no le quiero. O eso creo.
¿Cómo sabes si continúas enamorada de alguien?
Alicia dice que eso no se sabe, que eso se siente. Que las cosas del amor no se piensan, se experimentan. Ella cuando quiere también dice cosas interesantes. Aunque no sé si esto lo leyó en alguna revista para adolescentes. El caso es que cuando recuerdo lo que tuve con Pablo las sensaciones son muy contrarias. Y me lío. Pero no sé si el lío lo tengo en la cabeza o en el corazón.
En realidad, lo que me gustaría de verdad es volver a enamorarme. Olvidarme de una vez por todas del pasado y encontrar a un chico que me quiera de verdad. Que me cuide, que me abrace cuando esté mal y que me bese en la última fila del cine. Alguien que no vaya de malo, que sea sensible y me comprenda.
No sé si pido mucho. Tal vez soy muy exigente y tendría que dejarme llevar un poco más como hace Alicia. Aunque cada uno es como es y necesita lo que necesita. Solo espero no quedarme sola. Sería horrible. Soy muy joven, lo sé, y no estoy tan mal, aunque me ponga roja por el frío y por el calor. No hay que ser pesimista. Y quien sabe, quizás ese chico del que me vaya a enamorar está más cerca de lo que yo misma pienso. ¿No?

CONTINUARÁ...

(Este relato solo puede ser distribuido en la red por el propietario del Blog y la revista Superpop que es quien lo tiene registrado)

miércoles, 16 de marzo de 2011

CANCIONES PARA PAULA. CAPÍTULO INÉDITO SANTOS INOCENTES 2008

NOTA: ESTE CAPÍTULO NO FORMA PARTE DE "CANCIONES PARA PAULA". FUE UNA BROMA QUE GASTÉ A LOS QUE SEGUÍAN LA NOVELA POR INTERNET EN DICIEMBRE DEL 2008. IMAGINAOS LA CARA QUE PUSIERON LOS QUE LEYERON ESTE CAPÍTULO EL DÍA QUE LO SUBÍ. AÚN NI SIQUIERA SABÍAMOS QUE ALGÚN DÍA SE PUBLICARÍA EN PAPEL.

Después de las lágrimas de Mario, ese lunes de marzo, con el cielo ya oscuro.

Camina por la calle, distraído. Tiene aún los ojos vidriosos. Es de noche. Noche cerrada en la ciudad. Un soplo de aire frío le obliga a abrocharse la cazadora.
Aún no se ha atrevido a llamar a Paula para pedirle disculpas por el plantón. No puede creerse que se haya quedado dormido. Está triste, también avergonzado. Era su oportunidad. La que llevaba esperando tanto tiempo y él mismo se ha encargado de tirarla por tierra. ¡Qué estúpido!
Absorto en sus desgracias, cruza una calle desierta sin mirar, con el semáforo en rojo.
Una moto que pasa a toda velocidad está apunto de atropellarle. Suspira aliviado cuando se da cuenta de no le ha sucedido nada. Lo está pasando mal pero es demasiado joven para morir. Sin embargo, sin tiempo para reaccionar, se encuentra de frente con un Ford Focus negro. El vehículo frena de golpe pero no puede evitar colisionar con el joven que termina revolcado en el capó del coche.
Momentos de incertidumbre. Mario yace tumbado en el suelo.
Una joven vestida de negro sale a toda prisa del interior del Ford. Se teme lo peor.
El chico sigue en la carretera inmóvil.

- ¡Dios! ¿Estás bien?

Mario abre los ojos. Ante él se encuentra una preciosidad con un vestido demasiado escotado y corto para la época del año en la que están. ¿Es el cielo? No. Debe ser el infierno.
Se pone la mano en la cabeza. No sangra.
La joven no quiere tocarle por temor a que se haya roto algo. Es Mario, el que dolorido se incorpora lentamente.

- No te preocupes, parece que estoy bien.
- No te muevas. Si quieres llamo a una ambulancia.
- No, no hace falta. Creo que no me he roto nada.

Aquel ángel de la noche le sonríe. Parece aliviada. Mario la observa ahora con mayor detenimiento. Es una de las chicas más guapas que ha visto nunca. Su pelo negro ondulado, le cae por la cara. Es mayor que él, posiblemente tiene más de veinte años, pero arrastra aún la frescura de la adolescencia.
Entre los dos consiguen que se ponga de pie.

- Y tú, ¿En qué pensabas? Has cruzado en rojo. Casi te mato.

Su voz ha dejado de ser preocupada, para convertirse en recriminatoria.

- Lo siento. Llevo un mal día. Sólo me faltaba esto.
- Pues no deberías intentar suicidarte por tener un mal día.
- No era esa mi intención. Pero gracias por el consejo.

La chica morena lo examina de arriba abajo. Sólo es un crío. No está mal, pero dentro de unos años estará mucho mejor.

- Me llamo Irene – le dice dándole dos besos inesperados en la mejilla - ¿Y tú quién eres?
- Mario – contesta bajito, sonrojado.
- Bueno Mario. Pues me alegro de no haberte matado y que todo esto sólo haya sido un susto.
- Más me alegro yo.

La chica ríe al oírle. Es mono.

- Me has caído bien, jovencito. ¿Quieres que te lleve a algún lado?
- No. Gracias. No iba a ninguna parte en concreto.

Irene lo mira inquisitiva.

- ¿Problemas de amor?
- Algo así.
- ¿Te ha dejado tu novia?
- No tengo novia que pueda dejarme.
- Interesante.
- No me parece interesante. Es una mierda.

La chica del vestido negro vuelve a sonreír. Le gusta su rapidez mental. Es inteligente. Mira a su alrededor y piensa en algo.

- Oye, ¿por qué no comemos algo allí y me lo cuentas? – dice, señalando un restaurante de comida rápida.

Mario se muestra sorprendido. ¿Cómo? Él no encaja como acompañante de aquella preciosa chica, varios años mayor. Pero sin saber cómo ni por qué, acepta.
Juntos entran en el local. Sólo están ellos. Piden una hamburguesa cada uno y se sientan en una de las mesas del fondo.
Durante un cuarto de hora conversan. Irene bromea constantemente. Mario azorado intenta seguirle el juego. Se caen bien. Parece que hay conexión, pese a la diferencia de edad.

- ¿Y cómo un chico cómo tú no tiene novia?
- Imagino que no soy lo suficiente bueno para ninguna.
- ¿Qué dices? Eso no es verdad. Eres un chaval muy guapo y muy simpático.

La mejilla del chico arde.

- Pues díselo a ellas. Nunca he tenido novia.
- ¡No me lo puedo creer! – exclama Irene, exagerando sus gestos.
- Créetelo.
- ¿Cuántos años tienes?
- Dieciséis.
- Vaya. Yo a tu edad ya llevaba unos cuantos de novios – dice riendo, sin darse cuenta de que aquello avergüenza a Mario-. Entonces tú aún no...
- ¿Yo aún no...?

Irene sonríe pícara. Se inclina dejando a la vista del joven gran parte del escote y le susurra al oído.

- Que nunca lo has hecho – susurra.

Mario traga saliva. Sus dedos juegan nervioso con la servilleta.

- No – contesta, aunque apenas se le oye.

La chica dibuja su enésima sonrisa.

-¿Y no te gustaría?

¿Y ahora que dice? Se está poniendo muy nervioso.

- Claro. Pero...

Irene se levanta de su silla. Mira a izquierda y derecha. El local sigue vacío. Se acerca a Mario y le coge de la mano.

- Ven – le ordena sensualmente, guiñándole un ojo, invitándole a que se levante también.

Le tiemblan las piernas pero obedece. Aquello no puede ser verdad. No se puede creer lo que le está pasando. Se pellizca. No, no es otro sueño como hace un rato. Sería demasiado soñar con algo así.
Irene lo guía hasta el cuarto de baño. Abre la puerta del de chicas. Es bastante amplio. Entran y cierra con llave.

- Mario, ¿Qué te parece? ¿Te atreves?
- Yo...

Nunca ha estado tan nervioso. Ni siquiera con Paula. Está encerrado en el baño de chicas de una hamburguesería con aquel bombón preguntándole si quiere tener con ella su primera vez.

- Vamos. No temas.

Irene se le acerca. Le coge las manos y con suavidad comienza a besarle el cuello.
Mario apenas se mueve. Está completamente bloqueado. Cierra los ojos y siente los besos de la chica que ya le ha quitado la cazadora y va a por la camiseta. Enseguida ésta también cae al suelo. Irene no cesa en sus besos.

- ¿Quieres quitarme el vestido?

Mario abre los ojos como platos. No dice nada. Sólo se deja llevar. Rápidamente deja a Irene sólo con la ropa interior. También él, tras bajarle el pantalón, está sólo vestido con la ropa interior.

- Relájate. Deja que yo te enseñe.
Mario obedece. Se deje llevar una vez más. Siente sus besos, sus caricias. Ha soñado muchas veces con este momento pero con distinta protagonista.
El ambiente cada vez se caldea más. Sus cuerpos se unen. Suspiros.
Dando rienda suelta a su pasión, Mario abre los ojos en el espejo del baño. Sonríe por fin. Al final el día no ha ido tan mal. Y durante los próximos minutos, todavía sería mejor.